por considerarlo del todo inadecuado a las circunstancias. Pero si, al dar respuesta, hemos de mantenernos en el mismo terreno al que nos empuja la pregunta, debemos afirmar ambas concepciones que parecen excluirse mutuamente por oposición. La labor anímica en la formación del sueño se descompone en dos rendimientos: la producción de los pensamientos oníricos y la transformación de estos en el contenido onírico. * Los pensamientos oníricos están formados de manera totalmente correcta y con todo el esfuerzo psíquico de que somos capaces; pertenecen a nuestro pensamiento no devenido consciente, del cual, mediante una cierta transposición, surgen también los pensamientos conscientes. Por mucho que haya en ellos digno de saberse y enigmático, estos enigmas no guardan ninguna relación especial con el sueño y no merecen ser tratados entre los problemas oníricos. * En cambio, esa otra parte de la labor que transforma los pensamientos inconscientes en el contenido onírico es propia de la vida onírica y característica de ella. Esta labor onírica propiamente dicha se aleja del modelo del pensamiento vigílico mucho más de lo que han supuesto incluso los más decididos detractores del rendimiento psíquico en la formación de los sueños. No es, por así decirlo, más negligente, incorrecta, olvidadiza o incompleta que el pensamiento vigílico; es algo cualitativamente totalmente distinto de este y, por tanto, en un principio no comparable con él. No piensa, calcula ni juzga en absoluto, sino que se limita a transformar. Se la puede describir de manera exhaustiva si se toman en consideración las condiciones que su producto ha de satisfacer. Este producto, el sueño, debe sustraerse ante todo a la censura y para este fin la labor onírica se sirve del desplazamiento de las intensidades psíquicas hasta la transmutación de todos los valores psíquicos; los pensamientos deben reproducirse exclusiva o predominantemente en
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VI. La labor del sueño.
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