los más modernos investigadores de los sueños, las personas sueñan con lo que hacen de día y con lo que les interesa en la vigilia. Este interés que se prolonga desde la vida de vigilia hasta el sueño no solo sería un vínculo psíquico que ata el sueño a la vida, sino que nos proporciona además una fuente de sueños nada desdeñable que, junto a lo que se ha vuelto importante durante el sueño —los estímulos que actúan mientras se duerme—, debería bastar para aclarar el origen de todas las imágenes oníricas. Pero también hemos oído la objeción a la afirmación anterior, a saber, que el sueño aparta al durmiente de los intereses del día y que nosotros —la mayoría de las veces— solo soñamos con aquellas cosas que nos han conmocionado con más fuerza durante el día una vez que han perdido para la vida de vigilia el atractivo de la actualidad. Así, en el análisis de la vida onírica obtenemos a cada paso la impresión de que no está permitido establecer reglas generales sin introducir restricciones mediante un «a menudo», «por regla general», «la mayoría de las veces» y prepararnos para la validez de las excepciones.
Si el interés de la vigilia, junto con los estímulos del sueño internos y externos, bastara para dar cuenta de la etiología de los sueños, tendríamos que ser capaces de dar razón satisfactoria del origen de todos los elementos de un sueño; el enigma de las fuentes oníricas estaría resuelto y aún restaría la tarea de delimitar la proporción de los estímulos oníricos anímicos y somáticos en cada sueño singular.
En realidad, esta resolución completa de un sueño no se ha logrado todavía en ningún caso y a todo el que lo ha intentado le han quedado —por lo general muy abundantemente— componentes oníricos sobre cuyo origen no ha podido dar ninguna explicación. El interés diurno como fuente onírica anímica, evidentemente, no llega tan lejos como cabría esperar tras las confiadas afirmaciones de que cada cual prosigue su negocio en el sueño.