Luego se me ocurre otra persona a quien pueden aludir esos rasgos. Ella tampoco es paciente mía y no quisiera tenerla como paciente, pues he notado que se siente acomplejada ante mí y no la considero una enferma dócil. Por lo general es pálida y, en una ocasión en que atravesó por un momento especialmente bueno, estuvo abotargada8. Así pues, he comparado a mi paciente Irma con otras dos personas que asimismo se negarían al tratamiento.
¿Qué sentido puede tener que la haya confundido en sueños con su amiga? ¿Acaso que deseo confundirlas; la otra despierta en mí simpatías más fuertes o tengo un concepto más elevado de su inteligencia? Considero a Irma poco inteligente porque no acepta mi solución. La otra sería más inteligente, por lo tanto cedería más fácilmente. La boca se abre entonces también bien; contaría más cosas que Irma9.
- Lo que veo en la garganta: una mancha blanca y cornetes nasales con costras.
La mancha blanca recuerda a la difteria y, por tanto, a la amiga de Irma; pero además, a la grave enfermedad de mi hija mayor hace casi dos años y a todo el terror de aquella mala época.
Las costras en los cornetes nasales hacen presente una preocupación por mi propia salud. Yo usaba frecuentemente cocaína en aquel entonces para combatir las molestas congestiones nasales, y pocos días antes había oído que una paciente, que hacía lo mismo que yo, había sufrido una necrosis extensa de la mucosa nasal.
La recomendación de la cocaína, hecha por mí en 1885, también me había acarreado graves reproches. Un querido amigo, fallecido ya en 1895, había acelerado su ruina por el abuso de este medio.
Llamo rápidamente al Dr. M., quien repite el reconocimiento.