mnémica de aquella percepción y volver a suscitar la percepción misma, es decir, en realidad, restablecer la situación de la primera satisfacción. Una moción semejante es lo que llamamos un deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo, y la ocupación plena de la percepción a partir de la excitación por necesidad es el camino más corto hacia el cumplimiento de deseo. Nada nos impide suponer un estado primitivo del aparato psíquico en el que este camino es recorrido efectivamente de este modo, de suerte que el desear desemboca en una alucinación. Esta primera actividad psíquica apunta, por tanto, a una identidad de percepción, a saber, a la repetición de aquella percepción que está vinculada con la satisfacción de la necesidad.
Una amarga experiencia vital debió de modificar esta actividad mental primitiva convirtiéndola en otra más adecuada, secundaria. El restablecimiento de la identidad de percepción por el breve camino regrediente en el interior del aparato no tiene en otra parte la consecuencia que va unida a la ocupación de esa misma percepción desde el exterior. La satisfacción no se produce, la necesidad subsiste. Para equiparar la ocupación interior a la exterior, tendría que mantenerse esta de manera incesante, como ocurre en realidad en las psicosis alucinatorias y en las fantasías de hambre, que agotan su rendimiento psíquico en la retención del objeto deseado. Para lograr un empleo más adecuado de la fuerza psíquica, resulta necesario detener la regresión plena de modo que no rebase la imagen mnémica y que desde ella pueda buscar otros caminos que conduzcan finalmente a restablecer la identidad deseada desde el mundo exterior. Esta inhibición, así como la subsiguiente desviación de la excitación, pasa a ser tarea de un segundo sistema que domina la motilidad voluntaria, es decir, a cuyo rendimiento se adscribe primeramente el uso de la motilidad para fines recordados de antemano.