Volvemos a los hechos del olvido de los sueños.
Pues hemos omitido extraer una conclusión importante de ellos. Si la vida en vigilia muestra la inequívoca intención de olvidar el sueño formado durante la noche, ya sea en su totalidad inmediatamente después de despertar o de forma fragmentaria en el transcurso del día, y si reconocemos como el principal responsable de este olvido a la resistencia anímica contra el sueño —la cual ya hizo de las suyas contra él durante la noche—, surge de inmediato la pregunta de qué fue lo que en realidad hizo posible la formación del sueño frente a dicha resistencia.
Tomemos el caso más extremo, en el que la vida en vigilia vuelve a suprimir el sueño como si este jamás hubiera tenido lugar. Si tenemos en cuenta el juego de las fuerzas psíquicas, debemos afirmar que el sueño no se habría producido en absoluto si la resistencia hubiera reinado de noche como de día. Nuestra conclusión es que esta había perdido parte de su poder durante el periodo nocturno; sabemos que no había sido anulada, pues hemos demostrado su participación en la formación del sueño a través de la desfiguración onírica.
Pero se nos impone la posibilidad de que estuviera disminuida por la noche, de que gracias a esta merma de la resistencia fuera posible la formación del sueño, y así comprendemos fácilmente que ella, recuperando toda su fuerza al despertar, suprima de inmediato lo que tuvo que tolerar mientras estaba debilitada. La psicología descriptiva nos enseña que la condición principal de la formación del sueño es el estado de sueño del alma; ahora podríamos añadir la explicación: el estado de sueño hace posible la formación del sueño al mermar la censura endopsíquica.