el microscopio y el catalejo, como es sabido, estas son en parte localidades ideales, zonas en las que no se halla situado ningún componente tangible del aparato. Considero superfluo pedir disculpas por las imperfecciones de estas y de todas las imágenes semejantes. Estas comparaciones solo deben servirnos en un intento que se propone hacernos comprensible la complejidad del rendimiento psíquico, descomponiendo dicho rendimiento y asignando el rendimiento particular a los distintos componentes del aparato. El intento de adivinar la composición del instrumento anímico a partir de tal descomposición no ha sido osado todavía, que yo sepa. Me parece inofensivo. Opino que podemos dar rienda suelta a nuestras conjeturas, siempre que al hacerlo conservemos nuestro frío juicio y no tomemos el andamiaje por la construcción. Puesto que no necesitamos otra cosa que representaciones auxiliares para una primera aproximación a algo desconocido, preferiremos al principio las suposiciones más rudas y tangibles a todas las demás.
Nos figuramos, pues, el aparato anímico como un instrumento compuesto, a cuyos componentes querremos llamar instancias o, en aras de la claridad, sistemas. Formamos entonces la expectativa de que estos sistemas tengan quizás una orientación espacial constante entre sí, algo así como los distintos sistemas de lentes del anteojo se suceden unos a otros. Estrictamente hablando, no necesitamos hacer el supuesto de una disposición verdaderamente espacial de los sistemas psíquicos. Nos basta con que se establezca un orden fijo por el hecho de que, en ciertos procesos psíquicos, los sistemas sean atravesados por la excitación en una determinada sucesión temporal. Este orden puede experimentar una modificación en otros procesos; queremos dejarnos abierta semejante posibilidad. De