ante la tentación de redactar un nuevo libro de los sueños según el método de cifrado. A esto hay que señalar: este simbolismo no es propio del sueño, sino de la representación inconsciente, especialmente la del pueblo, y puede encontrarse de forma más completa en el folclore, en los mitos, leyendas, modismos, en la sabiduría popular y en los chistes circulantes de un pueblo que en el sueño. Tendríamos, por tanto, que sobrepasar con creces la tarea de la interpretación de los sueños si quisiéramos hacer justicia al significado del símbolo y debatir los numerosos problemas, en su mayoría aún no resueltos, que se vinculan al concepto del símbolo34. Queremos, por consiguiente, limitarnos a decir que la representación por medio de un símbolo pertenece a las representaciones indirectas, pero que diversos indicios nos advierten de que no debemos mezclar indiscriminadamente la representación simbólica con las otras clases de representación indirecta, sin poder aún captar conceptualmente con claridad estos rasgos distintivos. En una serie de casos, lo que hay en común entre el símbolo y lo propiamente dicho por lo que este se sustenta es manifiesto; en otros está oculto; la elección del símbolo se antoja entonces enigmática. Precisamente estos casos deben poder arrojar luz sobre el sentido último de la relación simbólica; señalan que esta es de naturaleza genética. Lo que hoy está conectado simbólicamente estuvo unido probablemente en tiempos remotos por identidad conceptual y lingüística. La relación simbólica parece ser un vestigio y un signo distintivo de una identidad pretérita. Al mismo tiempo, puede observarse que en cierto número de casos la comunidad simbólica va más allá de la comunidad lingüística35. Cierto número de símbolos es tan antiguo como la formación del lenguaje en general, pero otros se van formando de manera continuada en el presente (p. ej., el
Table of Contents
VI. La labor del sueño.
431