Pero toda esa complicada actividad de pensamiento que se va hilando desde la imagen mnémica hasta el restablecimiento de la identidad de percepción a través del mundo exterior representa tan solo un rodeo para la realización de deseos hecho necesario por la experiencia13. El pensar no es otra cosa que el sustituto del deseo alucinatorio, y si el sueño es una realización de deseos, ello se vuelve por tanto evidente, ya que ningún otro elemento más que un deseo es capaz de poner en marcha nuestro aparato anímico. El sueño, que cumple sus deseos por el breve camino regrediente, nos ha conservado de este modo solo una muestra del modo de funcionamiento primario del aparato psíquico, abandonado por inadecuado. A la vida nocturna parece desterrado lo que antaño imperaba en la vigilia, cuando la vida psíquica era todavía joven e incapaz, de un modo parecido a como encontramos en la guardería infantil las armas primitivas, ya descartadas, de la humanidad adulta: el arco y la flecha. El soñar es un fragmento de la vida anímica infantil superada. En las psicosis, estos modos de funcionamiento del aparato psíquico, reprimidos por lo demás en la vigilia, volverán a imponerse y pondrán entonces de manifiesto su incapacidad para satisfacer nuestras necesidades frente al mundo exterior14.
Las mociones de deseo inconscientes aspiran evidentemente a hacerse valer también de día, y tanto el hecho de la transferencia como las psicosis nos enseñan que desearían abrirse paso, a través del sistema del preconsciente, hacia la consciencia y hacia el dominio de la motilidad. En la censura entre el Inc y el Prt, cuya aceptación nos impone precisamente el sueño, tenemos que reconocer y honrar, por tanto, al guardián de nuestra salud mental. ¿No es acaso una imprudencia por parte de este guardián que, durante la noche, reduzca su actividad, permita que se expresen las mociones reprimidas