la de los otros, se manifiesta sobre todo en la preferencia y selección de material psíquico ya formado en los pensamientos oníricos. Hay ahora un caso en el que se le ahorra en su mayor parte la tarea de añadir por así decir una fachada al sueño, debido a que en el material de los pensamientos oníricos ya se encuentra plenamente lista una construcción semejante, aguardando su empleo. El elemento de los pensamientos oníricos que tengo en mente suelo denominarlo «fantasía»; tal vez evite malentendidos si menciono de inmediato como análogo de la vida de vigilia el ensueño diurno80. El papel de este elemento en nuestra vida anímica aún no ha sido exhaustivamente reconocido y descubierto por los psiquiatras; M. Benedikt ha dado con su valoración un comienzo que me parece muy prometedor. Al indómito y agudo discernimiento de los poetas no le ha pasado desapercibida la importancia del ensueño diurno; es de todos conocida la descripción que A. Daudet diseña en El Nabab sobre los ensueños diurnos de uno de los personajes secundarios de la novela. El estudio de las psiconeurosis conduce al sorprendente reconocimiento de que estas fantasías o ensueños diurnos son las más próximas antesalas de los síntomas histéricos —al menos de toda una serie de ellos—; los síntomas histéricos no se adhieren a los recuerdos mismos, sino a las fantasías construidas sobre la base de los recuerdos. La frecuente aparición de fantasías diurnas conscientes aproxima estas formaciones a nuestro conocimiento; mas así como existen tales fantasías conscientes, abundan desmesuradamente las inconscientes, las cuales deben permanecer inconscientes debido a su contenido y a su procedencia del material reprimido. Una profundización más detallada en los caracteres de estas fantasías diurnas nos enseña con cuánta justicia ha recaído sobre estas formaciones el mismo nombre que llevan nuestros productos de
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VI. La labor del sueño.
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