produce por lo demás5. Aquí los psiquiatras han renunciado demasiado pronto a la solidez de la estructura psíquica. Sé que un transcurso del pensamiento desregulado y carente de ocurrencias directrices no se da en el marco de la histeria y la paranoia ni más ni menos que en la formación o en la disolución de los sueños. Quizá no se produzca en absoluto en las afecciones psíquicas endógenas; incluso los delirios de los confusos tienen sentido, según una ingeniosa conjetura de Leuret, y solo se vuelven incomprensibles para nosotros debido a las omisiones. Yo he adquirido la misma convicción allí donde se me ha ofrecido la oportunidad de observarlo. Los delirios son la obra de una censura que ya no se toma la molestia de ocultar su actuación; que, en lugar de prestar su colaboración para una elaboración que ya no resulte ofensiva, tacha sin miramientos aquello contra lo que objeta, por lo cual lo que queda carece entonces de ilación. Esta censura procede de manera totalmente análoga a la censura rusa de periódicos en la frontera, la cual solo permite que los diarios extranjeros lleguen a manos de los lectores que deben ser protegidos atravesados por trazos negros.
El juego libre de las representaciones según cualquier concatenación asociativa aflora tal vez en los procesos orgánicos cerebrales destructivos; lo que en las psiconeurosis se tiene por tal, puede explicarse siempre mediante la acción de la censura sobre una serie de pensamientos que es puesta en primer plano por representaciones objetivo que han permanecido ocultas6. Se ha considerado como un signo inequívoco de la asociación libre de representaciones objetivo aquel en el que las representaciones (o imágenes) emergentes aparecen vinculadas entre sí por los lazos de las llamadas asociaciones superficiales, es decir, por asonancia, ambigüedad de palabras, coincidencia temporal sin relación de sentido interno, por