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nydus/Die TraumdeutungPublic
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VI. La labor del sueño.

rastro de placer en mi arduo trabajo, añoraba apartarme de este escarbar en la mugre humana, estar con mis hijos y luego con las bellezas de Italia. Con este estado de ánimo fui desde el aula a un café para tomar allí al aire libre un tentempié modesto, pues el apetito me había abandonado. Pero uno de mis oyentes me acompañó; me pidió permiso para sentarse conmigo mientras yo bebía mi café y masticaba con esfuerzo mi cruasán, y comenzó a dedicarme halagos. Cuánto había aprendido conmigo, y que ahora miraba todo con otros ojos, que yo había limpiado el establo de Augías de los errores y prejuicios de la doctrina de las neurosis, en suma, que yo era un hombre muy grande. Mi estado de ánimo cuadraba mal con su loa; luchaba contra el asco, me fui a casa más temprano para librarme de él, estuve hojeando el Rabelais antes de acostarme y leí una novela corta de C. F. Meyer, Los sufrimientos de un muchacho.

Supresión y abolición de los afectos.

De este material había surgido el sueño; la novela de Meyer añadió el recuerdo de escenas infantiles (v. el sueño del conde Thun, última imagen). El estado de ánimo diurno de repugnancia y hastío se impuso en el sueño en la medida en que se le permitió aportar casi todo el material para el contenido onírico. Pero por la noche se activó el estado de ánimo opuesto a este, de vigorosa e incluso desmedida autoafirmación, anulando al primero. El contenido del sueño tuvo que configurarse de tal modo que permitiera expresar, con el mismo material, tanto el delirio de empequeñecimiento como la megalomanía. De esta formación de compromiso resultó un contenido onírico ambiguo, pero también, debido a la inhibición recíproca de los opuestos, un tono afectivo

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