y me recuerda una de las horas más alegres del último viaje. Desconfiando de la comida en Aquilea, nos habíamos llevado víveres desde Gorizia, habíamos comprado una botella del excelente vino istriano en Aquilea, y mientras el pequeño vapor postal avanzaba lentamente por el canal delle Mee hacia el desolado paraje lagunar de Grado, nosotros, los únicos pasajeros, tomamos con el mejor humor el desayuno en la cubierta, el cual nos supo como pocas veces antes. Ese era, pues, el «barco del desayuno», y justamente tras esta reminiscencia del más dichoso goce de la vida, el sueño oculta los pensamientos más tristes sobre un futuro desconocido y siniestro.
La represión de los afectos como éxito del trabajo onírico.
La disociación de los afectos de las masas de representaciones que han provocado su liberación es lo más llamativo que les ocurre en la formación de los sueños, pero no es ni la única ni la más esencial modificación que sufren en el camino de los pensamientos oníricos al sueño manifiesto. Si se comparan los afectos en los pensamientos oníricos con los del sueño, algo resulta inmediato: donde en el sueño se halla un afecto, este también se halla en los pensamientos oníricos, pero no a la inversa. Por lo general, el sueño es más pobre en afecto que el material psíquico de cuya elaboración ha surgido. Cuando he reconstruido los pensamientos oníricos, advierto cómo en ellos pugnan regularmente por la validez las más intensas mociones anímicas, la mayoría de las veces en lucha con otras que se les oponen tajantemente. Si luego miro hacia el sueño, no pocas veces lo encuentro descolorido, sin ningún tono sentimental más intenso. A través de la labor onírica no solo el contenido, sino también a menudo el tono sentimental de mi pensamiento