proceso psíquico respecto al recuerdo de lo otrora displacentero, que se efectúa sin esfuerzo y de manera regular, nos proporciona el modelo y el primer ejemplo de la represión psíquica. Es de todos sabido cuánto de esta retirada de lo displacentero, de la táctica del avestruz, sigue siendo demostrable aún en la vida anímica normal del adulto.
Proceso primario y secundario.
De acuerdo con el principio de displacer, el primer sistema es, por tanto, totalmente incapaz de incorporar algo desagradable al contexto del pensamiento. El sistema no puede hacer otra cosa que desear. Si esto permaneciera así, la labor de pensamiento del segundo sistema —que necesita la disposición de todos los recuerdos depositados en la experiencia— se vería obstaculizada. Se abren ahora dos caminos: o bien el trabajo del segundo sistema se libera por completo del principio de displacer y prosigue su marcha sin importarle el displacer de los recuerdos; o bien se ingenia para investir el recuerdo de displacer de tal modo que con ello se evite la liberación de displacer. Podemos rechazar la primera posibilidad, pues el principio de displacer se manifiesta también como regulador del curso de la excitación del segundo sistema; de este modo somos remitidos a la segunda: que este sistema investidura un recuerdo de tal manera que se inhiba el flujo a partir de él, es decir, también el flujo comparable a una inervación motora para el desarrollo del displacer. Así pues, somos conducidos desde dos puntos de partida a la hipótesis de que la investidura por parte del segundo sistema representa al mismo tiempo una inhibición para el flujo de la excitación: a partir de la consideración del principio de displacer y a partir del principio del mínimo esfuerzo de inervación. Pero si nos atenemos firmemente a esto —es la clave de la teoría de la represión—, *a que el segundo sistema solo puede investir una representación si es capaz de inhibir el desarrollo de displacer procedente de