la provincia junto a sus parientes, que me habían llamado; teníamos un compartimento para nosotros solos, dejamos todas las ventanas abiertas durante toda la noche y, mientras estuve despierto, habíamos charlado maravillosamente. Sabía que unos impulsos hostiles contra su padre, originados en su infancia y vinculados con la sexualidad, habían sido la raíz de su enfermedad. Al identificarme, pues, con él, quería confesarme algo análogo. La segunda escena del sueño se disuelve en realidad en una fantasía descarada: que mis dos compañeros de viaje entrados en años se comportan de un modo tan esquivo conmigo porque, con mi llegada, les he impedido el intercambio de ternuras nocturnas que se proponían. Esta fantasía, sin embargo, se remonta a una escena de la primera infancia en la que el niño, impulsado probablemente por la curiosidad sexual, penetra en el dormitorio de los padres y es expulsado de él por la severa prohibición del padre.
Considero superfluo acumular más ejemplos. Todos ellos no harían más que confirmar lo que hemos deducido de los ya citados: que un acto de juicio en el sueño no es sino la repetición de un modelo tomado de los pensamientos oníricos. Las más de las veces se trata de una repetición mal avenida e introducida en un contexto inadecuado, pero en ocasiones —como en nuestros últimos ejemplos—, empleada con tanta habilidad que al principio puede dar la impresión de una actividad intelectual autónoma en el sueño. Desde este punto de vista podríamos dirigir nuestro interés hacia aquella actividad psíquica que, si bien no parece intervenir regularmente en la formación de los sueños, se esfuerza, allí donde lo hace, por fundir sin contradicciones y con sentido los elementos oníricos dispares por su origen. Pero antes sentimos la urgencia de ocuparnos de las manifestaciones afectivas que se producen en el