los muchachos». La preparación en el propio cuerpo, que se me encomienda en el sueño, es, por lo tanto, el autoanálisis vinculado con la comunicación de los sueños. El viejo Brücke tiene razón para esto; ya en esos primeros años de trabajo científico ocurrió que dejé un hallazgo de lado hasta que su enérgico encargo me obligó a la publicación. Pero los demás pensamientos que se enlazan con la conversación con Louise N. son demasiado profundos para volverse conscientes; experimentan una desviación a través del material que ha sido despertado en mí de paso por la mención de She, de Rider Haggard. A este libro y a un segundo del mismo autor, Heart of the world, se debe el juicio «por demás extraño», y numerosos elementos del sueño están tomados de ambas novelas fantásticas. El suelo cenagoso por el que a uno lo llevan, el abismo que hay que cruzar mediante las tablas traídas, provienen de She; los indios, la muchacha, la casa de madera, de Heart of the world. En ambas novelas una mujer es la guía, en ambas se trata de travesías peligrosas, en She de un camino aventurero hacia lo desconocido, apenas pisado jamás. Las piernas cansadas han sido, según una anotación que encuentro junto al sueño, una sensación real de aquellos días. Probablemente les correspondía un estado de ánimo cansado y la pregunta dubitativa: ¿hasta dónde me llevarán aún mis piernas? En She la aventura termina con que la guía, en lugar de procurarse la inmortalidad a sí misma y a los demás, encuentra la muerte en el misterioso fuego central. Tal temor se ha agitado inconfundiblemente en los pensamientos del sueño. La «casa de madera» es sin duda también el ataúd, es decir, la tumba. Pero en la representación de este el más indeseado de
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VI. La labor del sueño.
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