sueño desaparece para nosotros de forma tan repentina y completa como quizás ningún otro de los enigmas oníricos cuando pasamos del contenido manifiesto al latente. No tendremos nada que ver con su explicación, puesto que ya no existe. El análisis nos enseña que los contenidos representativos han experimentado desplazamientos y sustituciones, mientras que los afectos han permanecido inalterados. No es de extrañar, pues, que el contenido representativo alterado por la deformación onírica ya no encaje con el afecto conservado; pero tampoco causa ya asombro cuando el análisis restituye el contenido correcto a su lugar anterior.
En un complejo psíquico que ha experimentado la acción de la censura de resistencia, los afectos constituyen la parte resistente, la única que puede darnos la pista para la complementación correcta. Aún con mayor claridad que en el sueño, esta relación se revela en las psiconeurosis. Aquí el afecto siempre tiene razón, al menos en cuanto a su calidad; pues su intensidad es susceptible de aumentar mediante desplazamientos de la atención neurótica. Si el histérico se extraña de tener que temer tanto a una pequeñez, o el obsesivo de que de una nadería le brote un reproche tan penoso, ambos se equivocan al tomar por esencial el contenido representativo —la pequeñez o la nadería—, y se defienden sin éxito al hacer de este contenido representativo el punto de partida de su labor de pensamiento. El psicoanálisis les muestra entonces el camino correcto al reconocer, por el contrario, que el afecto está justificado, y al buscar la representación correspondiente a él que ha sido desplazada por una sustitución. La condición previa para ello es que la liberación de afecto y el contenido representativo no formen aquella unidad orgánica indisoluble que estamos acostumbrados a tratar como tal, sino que ambas piezas puedan estar soldadas la una