ocasiones: una vez con una pasión impetuosa, cuando abate al espía tras el tapiz; otra vez de manera planificada, e incluso astuta, al enviar —con la total despreocupación del príncipe renacentista— a los dos cortesanos a la muerte que le estaba destinada a él mismo. ¿Qué es lo que le frena, pues, en el cumplimiento de la tarea que el fantasma de su padre le ha impuesto? Aquí se ofrece de nuevo la respuesta de que es la naturaleza especial de dicha tarea. Hamlet puede con todo, excepto con llevar a cabo la venganza contra el hombre que eliminó a su padre y ocupó su lugar junto a su madre, contra el hombre que le muestra la realización de sus deseos infantiles reprimidos. La aversión que debería impulsarle a la venganza se ve sustituida así en él por autorreproches, por escrúpulos de conciencia que le arguyen que él mismo, tomado al pie de la letra, no es mejor que el pecador al que debe castigar. He traducido aquí a la consciencia lo que debe permanecer inconsciente en el alma del héroe; si alguien quiere llamar histérico a Hamlet, solo puedo reconocerlo como una deducción de mi interpretación. A esto concuerda muy bien la aversión sexual que Hamlet expresa después en su conversación con Ofelia, esa misma aversión sexual que iría adueñándose cada vez más del alma del poeta en los años siguientes, hasta sus expresiones cumbre en Timon de Atenas. Naturalmente, solo pudo ser la propia vida anímica del poeta la que nos sale al encuentro en Hamlet; tomo de la obra de Georg Brandes sobre Shakespeare (1896) la nota de que el drama fue escrito inmediatamente después de la muerte del padre de Shakespeare (1601), es decir, en el frescor del duelo por él, en la reactivación —podemos suponer— de los sentimientos infantiles referidos al padre. También es sabido que el hijo de Shakespeare, fallecido prematuramente, llevaba el nombre de Hamnet (idéntico a Hamlet). Así como Hamlet trata
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V. El material del sueño y las fuentes del sueño.
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