paraíso los hombres están desnudos y no se avergüenzan unos de otros, hasta que llega un momento en que despiertan la vergüenza y el miedo, se produce la expulsión y comienza la vida sexual y la labor cultural. A este paraíso puede conducirnos de nuevo el sueño todas las noches; ya hemos expresado la conjetura de que las impresiones de la primera infancia (el periodo prehistórico hasta aproximadamente el cuarto año cumplido) en y por sí mismas, tal vez sin que importe demasiado su contenido, exigen la reproducción, y que su repetición es un cumplimiento de deseo. Los sueños de desnudez son, por lo tanto, sueños de exhibición32.
El núcleo del sueño de exhibición lo forma la propia figura, que no se ve como la de un niño, sino como en el presente, y la indumentaria defectuosa, que resulta imprecisa debido a la superposición de tantos recuerdos posteriores de negligé o por obra de la censura; a esto se añaden ahora las personas ante las cuales uno se avergüenza. No conozco ningún ejemplo de que los espectadores reales de aquellas exhibiciones infantiles reaparezcan en el sueño. El sueño no es casi nunca un simple recuerdo. Curiosamente, aquellas personas hacia las que se dirigía nuestro interés sexual en la infancia son omitidas en todas las reproducciones del sueño, de la histeria y de la neurosis obsesiva; solo la paranoia vuelve a colocar a los espectadores y, aunque hayan permanecido invisibles, deduce su presencia con convicción fanática. Lo que el sueño interpone en su lugar, «muchas personas extrañas» a las que no les importa el espectáculo ofrecido, es precisamente el deseo contrario a aquella única persona, muy familiar, a la que se le ofreció la desnudez. Por lo demás, «muchas personas extrañas» se encuentran también a menudo en los sueños en cualquier otro contexto; siempre significan, como deseo contrario, «secreto»33.