Qué concepción haya encontrado el sueño en los tiempos primordiales de la humanidad entre los pueblos primitivos, y qué influencia haya podido ejercer en la formación de sus concepciones sobre el mundo y sobre el alma, es un tema de tan alto interés que solo con repugnancia lo excluyo de su tratamiento en este contexto.
Me remito a las conocidas obras de Sir J. Lubbock, H. Spencer, E. B. Tylor y otros, y solo añado que el alcance de estos problemas y especulaciones solo podrá resultarnos comprensible una vez que hayamos cumplido con la tarea que tenemos ante nosotros de la «interpretación de los sueños».
Un eco de la concepción primordial del sueño es el que al parecer sirve de base a la valoración del sueño entre los pueblos de la antigüedad clásica1.
Entre ellos existía el presupuesto de que los sueños guardaban relación con el mundo de los seres sobrehumanos en los que creían y que traían revelaciones por parte de los dioses y los demonios. Además, se les imponía la idea de que los sueños tenían un propósito significativo para el soñador, por regla general, anunciarle el futuro.
La extraordinaria diversidad en el contenido y la impresión de los sueños dificultaba, sin duda, llevar a cabo una concepción unitaria de estos y obligaba a múltiples distinciones y formaciones de grupos de sueños, según su valor y su fiabilidad. Entre los distintos filósofos de la antigüedad, el juicio sobre el sueño no era por supuesto independiente de la postura que estuvieran dispuestos a concederle a la mántica en general.
En los dos escritos de Aristóteles que tratan del sueño, este ya se ha convertido en objeto de la psicología. Oímos que el sueño no es enviado por los dioses, ni de naturaleza divina, sino más bien demoníaca, puesto que la naturaleza es demoníaca, no divina; es decir, el sueño no proviene de ninguna revelación sobrenatural,