Que estas listas no podían probarse como escritas de puño y letra del prisionero; pero que daba lo mismo; que, de hecho, era más bien mejor para la acusación, por demostrar que el prisionero era astuto en sus precauciones. Que la prueba se remontaría cinco años atrás, y mostraría al prisionero ya empeñado en estas perniciosas misiones, pocas semanas antes de la fecha de la primera acción bélica librada entre las tropas británicas y los norteamericanos.
Que, por estas razones, el jurado, siendo un jurado leal (como él sabía que eran), y siendo un jurado responsable (como ellos sabían que eran), debía declarar positivamente al prisionero Culpable, y acabar con él, les gustara o no.
- Que jamás podrían apoyar sus cabezas en las almohadas;
- que jamás podrían tolerar la idea de que sus esposas apoyaran sus cabezas en las almohadas;
- que jamás podrían soportar la noción de que sus hijos apoyaran sus cabezas en las almohadas;
- en resumen, que jamás volvería a haber, ni para ellos ni para los suyos, ningún apoyo de cabezas en almohadas en absoluto, a menos que la cabeza del prisionero fuera cortada.
Esa cabeza concluyó exigiendo el señor Fiscal General, en nombre de todo aquello que se le ocurriera con cierto enredo, y bajo la fe de su solemne aseveración de que ya consideraba al prisionero como difunto y enterrado.
Cuando el fiscal terminó, se levantó un murmullo en el tribunal como si una nube de grandes moscardones revoloteara en torno al prisionero, en anticipación de lo que este pronto llegaría a ser. Al calmarse de nuevo la sala, el irreprochable patriota compareció en el estrado de los testigos.