marcar con sangre la bendita época de la recolección de la cosecha, quedaba tan fuera de su conocimiento como si hubiera estado a cien mil años de distancia. La «nueva y aguzada hembra, llamada La Guillotina», apenas era conocida por él, o por la generalidad de la gente, de nombre. Los espantosos actos que pronto iban a cometerse eran probablemente inimaginables en aquel momento en las mentes de los ejecutores. ¿Cómo podían tener cabida en las concepciones nebulosas de un espíritu noble?
Del trato injusto en prisión y de las privaciones, y de la cruel separación de su esposa y su hijo, vislumbraba la probabilidad o la certeza; pero, más allá de esto, no temía nada en concreto.
Con esto en la mente, que era bastante para llevar a un sombrío patio de prisión, llegó a la prisión de La Force.
Un hombre de cara abotargada abrió la robusta portezuela, a quien Defarge le presentó «al emigrante Evrémonde».
—¡Qué demonios! ¡Cuántos más hay! —exclamó el hombre de la cara hinchada.
Defarge tomó su recibo sin reparar en la exclamación y se retiró con sus dos compatriotas.
—¡Qué mil demonios, lo digo otra vez! —exclamó el carcelero, a solas con su mujer—. ¡Cuántos más!
La esposa del carcelero, al no recibir ninguna respuesta a su pregunta, se limitó a replicar: «¡Hay que tener paciencia, querido mío!».
Tres llaveros que entraron en respuesta a una campanilla que ella hizo sonar se hicieron eco del sentimiento, y uno añadió: «Por el amor de la Libertad», lo cual sonaba en aquel lugar como una conclusión inapropiada.