su condición de chacal del león, de lo que se puede suponer que piense cualquier chacal de verdad en ascender a león. Stryver era rico; se había casado con una viuda florida con propiedades y tres muchachos, que no tenían nada particularmente brillante en ellos, salvo el pelo lacio de sus cabezas de bola de masa.
Estos tres jóvenes caballeros, con el señor Stryver exudando condescendencia de la peor calaña por cada uno de sus poros, habían marchado delante de él como tres corderitos hacia aquel rincón tranquilo del SoHo, y se los había presentado como alumnos al esposo de Lucie, diciendo con delicadeza: «¡Hola! ¡Aquí tenéis tres tropezones de pan y queso para vuestro pícnic matrimonial, Darnay!».
El cortés rechazo de los tres tropezones de pan y queso había hinchado de indignación al señor Stryver, quien luego le sacó provecho durante la instrucción de los jóvenes caballeros, ordenándoles que se guardaran del orgullo de los mendigos, como el de ese tipo que hacía de tutor.
También tenía la costumbre de pontificar ante la señora Stryver, copa de vino generoso en mano, sobre las artimañas que la señora Darnay había puesto en práctica en su día para «atraparlo», y sobre las tácticas de astucia contra astucia de las que él mismo se había valido, señora, para lograr que fuera «imposible atraparlo».
Algunos de sus habituales del King’s Bench, que a veces participaban del vino generoso y de la mentira, lo disculpaban por esto último diciendo que la había contado tantas veces que él mismo había llegado a creérsela; lo cual es sin duda una circunstancia tan incorregiblemente agravante de una ofensa que ya de por sí era mala, como para justificar que a cualquier infractor semejante se lo lleven a algún lugar convenientemente apartado y lo cuelguen allí para que no estorbe.
Estos eran algunos de los ecos que Lucie, a veces pensativa, a veces divertida y risueña, escuchaba en el rincón resonante, hasta que su hijita