Este Foulon estaba en el Hôtel de Ville, y podía ser puesto en libertad. ¡Jamás, si Saint Antoine conocía sus propios sufrimientos, ofensas e injurias! Hombres y mujeres armados salieron aflufluendo del Barrio con tanta rapidez, y arrastraron incluso a estas últimas heces con tal fuerza de succión, que en el espacio de un cuarto de hora no quedó una sola criatura humana en el seno de Saint Antoine, salvo unas cuantas viejas y los niños llorosos.
No. Para entonces, todos abarrotaban la Sala de Exámenes donde este anciano, feo y malvado, se encontraba, y desbordaban hacia el espacio abierto adyacente y las calles. Los Defarge, marido y mujer, La Venganza y el Terrible, estaban en la primera fila, y a poca distancia de él en la Sala.
«¡Mira! —gritó madame, señalando con su cuchillo—. Mira al viejo sinvergüenza atado con cuerdas. Bien hecho estuvo atarle un manojo de hierba a la espalda. ¡Ja, ja! Bien hecho estuvo. ¡Que se lo coma ahora!» Madame se puso el cuchillo bajo el brazo y aplaudió como en una función de teatro.
Las personas inmediatamente detrás de Madame Defarge, explicando el motivo de su satisfacción a los que estaban detrás de ellos, y estos a su vez explicando a otros, y aquellos a otros, hicieron que las calles vecinas resonaran con aplausos.
Del mismo modo, durante dos o tres horas de letargo y de cernir muchos celemines de palabras, las frecuentes expresiones de impaciencia de Madame Defarge eran recogidas, con maravillosa rapidez, a la distancia; con tanta mayor facilidad cuanto que ciertos hombres que, mediante un prodigioso ejercicio de agilidad, habían trepado por la arquitectura exterior para mirar por las ventanas, conocían bien a Madame Defarge y actuaban como un telégrafo entre ella y la multitud fuera del edificio.