inglés. Los sutiles ardid con los que se engañaba a sí misma para aparentar la creencia de que pronto se reunirían —los pequeños preparativos para su pronta vuelta, apartar su silla y sus libros—, estos, y la solemne oración nocturna por un preso querido en especial, entre las muchas almas infelices en prisión y a la sombra de la muerte, eran casi los únicos desahogos explícitos de su pesado espíritu.
Ella no cambió mucho en apariencia. Los sencillos vestidos oscuros, parecidos a los de luto, que ella y su hijo llevaban, estaban tan limpios y cuidados como la ropa más alegre de los días felices. Perdió el color, y la expresión vieja y absorta era constante y no ocasional; por lo demás, seguía siendo muy bonita y agraciada.
A veces, por la noche al besar a su padre, prorrumpía en el dolor que había reprimido todo el día, y decía que su único apoyo, después del Cielo, era él. Él siempre le respondía con resolución:
“Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y sé que puedo salvarlo, Lucie.”
No llevaban muchas semanas haciendo el recorrido de su vida modificada, cuando su padre le dijo, al volver a casa una tarde:
—Querida mía, hay una ventana alta en la prisión a la que Charles a veces puede acceder a las tres de la tarde. Cuando logra llegar a ella —lo que depende de muchas incertidumbres e imprevistos—, cree que podría verte en la calle si te paras en cierto lugar que puedo mostrarte. Pero tú no podrás verlo a él, hija mía, y aun si pudieras, no sería seguro que le hicieras una señal de reconocimiento.
—Oh, muéstrame el lugar, padre mío, e iré allí todos los días.
Desde entonces, con cualquier tiempo, esperaba allí dos horas. Al dar las dos en el reloj, ella estaba allí, y a las cuatro se marchaba con resignación.