que sí pudiera; en cuanto a las finanzas privadas, porque los receptores generales eran ricos y Monseigneur, tras generaciones de gran lujo y derroche, se estaba volviendo pobre. De ahí que Monseigneur hubiera sacado a su hermana de un convento, mientras aún había tiempo para evitar el inminente velo, la prenda más barata que podía vestir, y se la hubiera entregado como premio a un receptor general riquísimo, pero escaso de familia. Este receptor general, que portaba un bastón apropiado con una manzana de oro en el extremo, se encontraba ahora entre la concurrencia de las salas exteriores, muy postrados ante él los hombres —siempre con la salvedad de los hombres superiores de la sangre de Monseigneur, quienes, incluida su propia esposa, lo miraban por encima del hombro con el más altivo desprecio.
Un hombre suntuoso era el Fermier-Général.
Treinta caballos ocupaban sus caballerías, veinticuatro criados varones se sentaban en sus salas, seis doncellas atendían a su mujer.
Como quien no pretendía hacer otra cosa que saquear y expoliar donde pudiera, el Fermier-Général —por más que sus relaciones matrimoniales contribuyeran a la moralidad social— era al menos la más rotunda realidad entre los personajes que asistieron al palacio de Monseigneur aquel día.
Pues las habitaciones, aunque ofrecían una hermosa estampa a la vista y estaban adornadas con todos los recursos decorativos que el gusto y la habilidad de la época podían lograr, no eran, en verdad, un negocio saneado; consideradas en relación con los espantapájaros de harapos y gorros de dormir de otras partes (y no tan lejanas, por cierto, como para que las torres vigías de Notre Dame, casi equidistantes de ambos extremos, no pudieran ver a unos y otros), habrían resultado un negocio sumamente incómodo —si es que eso hubiera podido ser incumbencia de alguien, en la casa de Monseñor.