El señor Cruncher, sentado en un taburete en un lugar público, pero sin ser poeta, meditaba lo menos posible y miraba a su alrededor.
Dio la casualidad de que se hallaba ocupado en esto en una estación en la que las aglomeraciones escaseaban, en la que escaseaban también las mujeres trasnochadoras, y en la que sus asuntos en general marchaban con tanta penuria que despertaban en su pecho la firme sospecha de que la señora Cruncher debía de haber estado «rezando» de algún modo específico, cuando una inusual concurrencia que descendía por Fleet Street hacia el oeste llamó su atención.
Mirando en esa dirección, el señor Cruncher distinguió que se acercaba una especie de entierro y que había objeción popular contra dicho entierro, lo cual generaba alboroto.
—Muchacho Jerry —dijo el señor Cruncher, volviéndose hacia su descendencia—, es un entierro.
—¡Hurra, papá! —gritó el joven Jerry.
El joven caballero pronunció este sonido jubiloso con misterioso significado. El caballero mayor tomó el grito tan a mal, que, aguardando su oportunidad, propinó un golpe al joven caballero en la oreja.
—¿Qué quieres decir? ¿A qué vienen esos alborotos? ¿Qué le quieres transmitir a tu propio padre, pequeño granuja? ¡Este muchacho me está superando! —dijo el señor Cruncher, examinándolo—. ¡Él y sus alborotos! No quiero volver a oír ni una palabra más de ti, o vas a sentir algo más de mí. ¿Me oyes?
—No estaba haciendo ningún daño —protestó el joven Jerry, frotándose la mejilla.
—Pues déjalo ya —dijo el señor Cruncher—; no quiero saber nada de tus inocentadas. Súbete a ese asiento y mira a la multitud.