La prisión de La Force era una cárcel sombriza, oscura y sucia, con un olor horrible a sueño viciado en su interior.
¡Es increíble lo pronto que se manifiesta el asqueroso tufo del sueño encarcelado en todos esos lugares mal atendidos!
—Y en secreto también —gruñó el carcelero, mirando el papel escrito—. ¡Como si ya no estuviera a reventar!
Clavó el papel en un expediente, de mal humor, y Charles Darnay aguardó su beneplácito durante media hora:
- a veces, paseando de un lado a otro en la sólida y abovedada sala:
- a veces, descansando en un asiento de piedra:
en ambos casos retenido para grabarse en la memoria del jefe y de sus subordinados.
—¡Ven! —dijo al fin el jefe, tomando sus llaves—, ven conmigo, emigrante.
A través de la lúgubre penumbra