El acusado, que estaba siendo (y sabía que era) mentalmente ahorcado, decapitado y descuartizado por todos los presentes, ni se acobardó ante la situación ni adoptó en ella ninguna actitud teatral.
Permaneció callado y atento; observó los procedimientos iniciales con grave interés; y se quedó de pie con las manos apoyadas en la tabla de madera que tenía delante, con tanta compostura, que ni siquiera habían desplazado una hoja de las hierbas con las que estaba esparcida.
El tribunal estaba completamente alfombrado de hierbas y rociado con vinagre, como precaución contra el aire y las fiebres de la cárcel.
Encima de la cabeza del preso había un espejo, para arrojar la luz sobre él.
Muchedumbres de malvados y miserables se habían reflejado en él, y habían desaparecido de su superficie y de la tierra al mismo tiempo. Embrujado de un modo de lo más espantoso habría estado aquel abominable lugar, si el cristal hubiera podido devolver alguna vez sus reflejos, así como el océano ha de entregar un día a sus muertos.
Algún pensamiento fugaz sobre la infamia y la desgracia a las que había sido destinado puede haber cruzado por la mente del preso. Sea como fuere, un cambio en su postura que le hizo percatarse de una barra de luz cruzándole el rostro, hizo que levantara la vista; y al ver el cristal, su rostro se encendió y su mano derecha apartó las hierbas.
Sucedió que el movimiento le volvió el rostro hacia aquel lado de la sala que quedaba a su izquierda.
Más o menos a la altura de sus ojos, sentados en aquel rincón del estrado del juez, había dos personas sobre las que su mirada se posó de inmediato; tan de inmediato, y con tanta alteración de su semblante, que todos los ojos que estaban puestos en él se volvieron hacia ellas.
Los espectadores vieron en las dos figuras a una joven de poco más de veinte años y a un caballero que era evidentemente su padre; un hombre