es mejor que la señora Cruncher la lleve enteramente bajo su propia supervisión.—¡Ay, mis pobres queridos!
—Llegué al extremo de decir, señorita, es más —prosiguió el señor Cruncher, con una tendencia de lo más alarmante a disertar como desde un púlpito—, y que mis palabras sean tomadas y transmitidas a la señora Cruncher por conducto de usted, que lo que son mis opiniones respecto al arrodillarse han experimentado un cambio, y que lo único que espero con todo mi corazón es que la señora Cruncher se encuentre arrodillada en este preciso momento.
—¡Ya, ya, ya! ¡Eso espero, querido hombre —clamó la desconsolada señorita Pross—, y espero que encuentre que responde a sus expectativas!
—Dios me libre —continuó el señor Cruncher, con solemnidad adicional, lentitud adicional y una mayor inclinación a pontificar y gesticular—, ¡de que algo de lo que haya dicho o hecho jamás deba recaer sobre mis sinceros deseos por esas pobres criaturas de ahora! ¡Dios me libre de que no nos tiremos todos al suelo (si de algún modo viniera bien) para sacarlos de este lúgubre peligro! ¡Dios me libre, señorita! ¡Lo que digo, dios me li- bre!
Esta fue la conclusión del señor Cruncher tras un prolongado pero vano esfuerzo por encontrar una mejor.
Y aún Madame Defarge, continuando su camino por las calles, se acercaba cada vez más.
—Si alguna vez volvemos a nuestra tierra natal —dijo la señorita Pross—, puede usted confiar en que le contaré a la señora Cruncher todo lo que pueda recordar y entender de lo que con tanta elocuencia ha dicho; y, en cualquier caso, puede estar seguro de que daré testimonio de que habla usted con absoluta seriedad en este terrible momento. Ahora, ¡por favor, pensemos! Mi estimado señor Cruncher, ¡pensemos!