Quiénes los repartían, de dónde venían a última hora, dónde habían comenzado, por qué mano serpenteaban y se agitaban a tirones, de decenas en decenas, sobre las cabezas de la multitud, a modo de relámpago, ningún ojo en la muchedumbre habría podido decirlo; pero se estaban distribuyendo mosquetes, y también cartuchos, pólvora y balas, barras de hierro y de madera, cuchillos, hachas, picas, toda arma que la enloquecida inventiva pudiera descubrir o idear. Personas que no podían alcanzar ninguna otra cosa se pusieron, con las manos ensangrentadas, a arrancar piedras y ladrillos de sus sitios en los muros. Cada pulso y cada corazón en Saint Antoine se hallaban en tensión de fiebre alta y a temperatura de fiebre alta. Todas las criaturas vivas allí tenían la vida por nada, y estaban dementes de una apasionada disposición a sacrificarla.
Como un remolino de aguas hirvientes tiene un punto central, así todo este furor giraba en torno a la tienda de vinos de Defarge, y cada gota humana en el caldero tenía la tendencia a ser succionada hacia el vórtice donde el propio Defarge, ya tiznado de pólvora y sudor, daba órdenes, distribuía armas, empujaba a este hombre hacia atrás, arrastraba a aquel hacia adelante, desarmaba a uno para armar a otro, trabajando y esforzándose en lo más espeso del tumulto.
—Quédate cerca de mí, Jacques Tres —gritó Defarge—; y ustedes, Jacques Uno y Dos, sepárense y pónganse al frente de tantos de estos patriotas como puedan. ¿Dónde está mi mujer?
—¡Vaya, hombre! ¡Aquí me tienes! —dijo madame, tan serena como siempre, pero hoy sin hacer punto. La resuelta mano derecha de madame estaba ocupada con un hacha, en lugar de los instrumentos más suaves de costumbre, y en su cinto llevaba una pistola y un cuchillo cruel.
—¿A dónde vas, mujer mía?
—Voy —dijo madame— con usted en este momento. Me verá a la cabeza de las mujeres, dentro de poco.