Entonces el señor Stryver se dio la vuelta y salió a trompicones del Banco, provocando tal conmoción de aire a su paso que, para mantenerse en pie e inclinar la cabeza tras los dos mostradores, se necesitó lo último que les quedaba de fuerza a los dos antiguos dependientes.
Aquellas personas venerables y débiles eran vistas siempre por el público en el acto de hacer reverencias, y la creencia popular era que, cuando despedían a un cliente con una reverencia, continuaban inclinándose en la oficina vacía hasta que recibían a otro cliente con una nueva reverencia.
El abogado penalista fue lo bastante perspicaz como para adivinar que el banquero no habría llegado tan lejos en la expresión de su opinión basándose en algo menos sólido que la certeza moral. Por mucho que le costara tragar aquella píldora de gran tamaño, se la tragó.
«Y ahora —dijo el señor Stryver, agitando su dedo índice forense hacia el Temple en general, una vez tragada—, mi salida de esto es ponerlos a todos ustedes en evidencia».
Era una pequeña muestra del arte de un táctico del Old Bailey, en la que hallaba un gran alivio.
«No me dejará usted en ridículo, señorita —dijo el señor Stryver—; ya me encargaré yo de hacerlo».
Por consiguiente, cuando el señor Lorry llamó aquella noche tan tarde como a las diez, el señor Stryver, entre una gran cantidad de libros y papeles esparcidos a propósito, parecía tener cualquier otra cosa en la cabeza menos el asunto de la mañana. Incluso mostró sorpresa al ver al señor Lorry, y se hallaba en un estado totalmente ausente y preocupado.
—¡Vaya! —dijo aquel benévolo emisario, tras media hora entera de inútiles intentos por llevarlo al terreno de la cuestión—. He estado en Soho.