El Chacal
Aquellos eran días de bebida, y la mayoría de los hombres bebían con fuerza.
Tan grande es la mejora que el Tiempo ha traído consigo en tales hábitos, que una exposición moderada de la cantidad de vino y ponche que un solo hombre podía tragarse en el transcurso de una noche, sin detrimento alguno de su reputación como perfecto caballero, parecería, en los tiempos que corren, una exageración ridícula.
La culta profesión de la abogacía no iba ciertamente a la zaga de ninguna otra profesión culta en sus propensiones bánicas; ni tampoco el señor Stryver, que ya se abría paso a codazos hacia una abundante y lucrativa clientela, se quedaba atrás respecto a sus coetáneos en este aspecto particular, como tampoco en las facetas más áridas de la carrera jurídica.
Favorito en Old Bailey, y también en las Sesiones, el señor Stryver había comenzado cautelosamente a cortar los peldaños inferiores de la escalera por la que había ascendido.
Las Sesiones y Old Bailey debían ahora convocar a su favorito, de manera especial, a sus ansiosos brazos; y abriéndose paso a hombros hacia el rostro del Lord Juez Presidente en el Tribunal del Banco del Rey, el florido semblante del señor Stryver podía verse a diario, brotando del lecho de pelucas, como un gran girasol que se abre camino hacia el sol entre un tupido jardín lleno de compañeros llamativos.
Se había señalado alguna vez en los tribunales que, aunque el señor Stryver era un hombre elocuente, sin escrúpulos, rápido y audaz, carecía de esa facultad de extraer la esencia de un cúmulo de declaraciones, que se cuenta entre las más llamativas y necesarias aptitudes del abogado.