cumplió seis años. No es necesario decir cuán cerca del corazón le llegaban los ecos de los pasos de su hija, y los de su querido padre, siempre activo y dueño de sí mismo, y los de su amado esposo. Tampoco cuán música resultaba para ella el más leve eco de su hogar común, dirigido por ella con una sabiduría y una elegancia tan ahorrativas que superaba en abundancia a cualquier desperdicio. Tampoco cuán dulces resonaban en sus oídos los ecos de las muchas veces que su padre le había dicho que la encontraba más entregada a él estando casada (si eso fuera posible) que soltera, y de las muchas veces que su esposo le había dicho que ninguna preocupación ni deber parecía mermar el amor que le profesaba ni la ayuda que le prestaba, y le había preguntado: «¿Cuál es el secreto mágico, amor mío, para serlo todo para todos nosotros, como si solo hubiera uno de nosotros, y aun así no parecer nunca atareada ni tener demasiado que hacer?».
Pero había otros ecos, lejanos, que retumbaban amenazadores en un rincón durante todo este tiempo. Y fue ahora, alrededor del sexto cumpleaños de la pequeña Lucie, cuando empezaron a adquirir un sonido terrible, como el de una gran tormenta en Francia con un mar espantoso que se levanta.
En una noche de mediados de julio de mil setecientos ochenta y nueve, el señor Lorry llegó tarde de Tellson y se sentó junto a Lucie y su esposo en la ventana a oscuras. Era una noche calurosa y tempestuosa, y a los tres les vino a la memoria aquella vieja noche de domingo en que habían contemplado los relámpagos desde el mismo lugar.
—Empecé a pensar —dijo el señor Lorry, echándose hacia atrás la peluca castaña— que tendría que pasar la noche en Tellson. Hemos tenido tanto trabajo en todo el día, que no hemos sabido qué hacer primero ni hacia