manos que hacían punto. Fue un gesto apasionado, cariñoso, agradecido y femenino, pero la mano no respondió —cayó fría y pesada— y volvió a su labor de punto.
Hubo algo en su tacto que detuvo a Lucie. Se detuvo en el acto de guardarse la nota en el pecho y, con las manos aún en el cuello, miró a Madame Defarge con aterrorizada expresión. Madame Defarge respondió a las cejas y a la frente levantadas con una mirada fría e impassible.
—Querida mía —intervino el señor Lorry para explicar—; hay frecuentes revueltas en las calles; y, aunque no es probable que jamás os molesten, la Madame Defarge desea ver a aquellos a quienes tiene el poder de proteger en tales momentos, con el fin de poder conocerlos, de poder identificarlos. Creo —dijo el señor Lorry, deteniéndose un tanto en sus palabras tranquilizadoras, a medida que la pétrea actitud de los tres se imponía más y más en él—, ¿expongo bien el caso, ciudadano Defarge?