Su marido la veía (según supo por su padre) tal vez una de cada cinco o seis veces: tal vez dos o tres veces seguidas: tal vez no la veía durante una semana o quincena entera. Basta con decir que él podía verla —y la veía— cuando la suerte lo permitía, y ante esa posibilidad ella habría aguardado todo el día, los siete días de la semana.
Estas ocupaciones la condujeron hasta el mes de diciembre, en el que su padre caminaba entre los terrores con la cabeza serena.
Una tarde de ligera nevada llegó a la esquina de costumbre. Era un día de alborozo desatado y de fiesta.
Había visto las casas, al venir por el camino, decoradas con pequeñas picas y con pequeños gorros frigios clavados en ellas; también con cintas tricolores; asimismo con la inscripción reglamentaria (las letras tricolores eran las preferidas), República Una e Indivisible.
¡Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte!
La miserable tienda del aserrador de madera era tan pequeña, que toda su superficie ofrecía un espacio muy mediocre para aquella leyenda. Había conseguido que alguien se la garabateara, sin embargo, y había metido a la Muerte con una dificultad de lo más inapropiada.
Sobre su tejado ostentaba la pica y el gorro, como buen ciudadano que debía ser, y en una ventana había colocado su sierra con la inscripción «Mi pequeña Santa Guillotina», pues la gran hembra afilada ya había sido por entonces canonizada popularmente.
Su tienda estaba cerrada y él no se encontraba allí, lo cual supuso un alivio para Lucie, dejándola completamente sola.
Pero no andaba muy lejos, pues al poco rato oyó un movimiento confuso y unos gritos que se acercaban, lo cual la llenó de miedo.