La sustancia de la sombra
“Yo, Alexandre Manette, infeliz médico, natural de Beauvais y posteriormente residente en París, escribo este melancólico papel en mi dolorosa celda de la Bastilla, durante el último mes del año de 1767.
Lo escribo a hurtadillas, en ratos robados y bajo toda clase de dificultades. Pienso ocultarlo en el muro de la chimenea, donde lenta y laboriosamente le he abierto un escondite. Alguna mano compasiva podrá encontrarlo allí, cuando yo y mis dolores seamos polvo.
“Estas palabras están formadas por la oxidada punta de hierro con la que escribo con dificultad sobre raspaduras de hollín y carbón de la chimenea, mezcladas con sangre, en el último mes del décimo año de mi cautiverio.
La esperanza se ha alejado por completo de mi pecho. Sé por terribles advertencias que he notado en mí mismo que mi razón no permanecerá por mucho tiempo intacta, pero declaro solemnemente que me encuentro en este momento en el uso de mis facultades mentales —que mi memoria es exacta y circunstancial— y que escribo la verdad, tal como responderé por estas mis últimas palabras registradas, sean o no leídas jamás por los hombres, ante el Trono del Juicio Eterno.
Una noche nublada de luz de luna, en la tercera semana de diciembre (creo que el veintidós del mes) del año 1757, paseaba yo por una zona apartada del muelle del Sena para refrescarme con el aire helado, a una hora de distancia de mi domicilio en la calle de la Escuela de Medicina, cuando pasó a toda velocidad un carro por detrás de mí. Al hacerme a un