Si así ha sido, no esperes que te favorezca cuando regreses a Inglaterra. Si así ha sido, no esperes que guarde tu secreto. A Tellson no se le va a engañar.
—Espero, señor —suplicó el marrullero y avergonzado señor Cruncher—, que un caballero como usted, para el que he tenido el honor de hacerle recados hasta que se me ha puesto el pelo gris, se lo pensaría dos veces antes de hacerme daño, incluso si fuera el caso —no digo que lo sea, pero incluso si lo fuera—. Y hay que tener en cuenta que, si lo fuera, ni aun así sería cosa de uno solo. Habría dos partes en el asunto.
Puede haber médicos a la hora presente, que andan ganando sus guineas donde un honrado artesano no gana sus fardens —¡fardens! no, ni aun sus medios fardens —¡medios fardens! no, ni aun su cuarto—, metiendo a lo bestia en el banco de Tellson, y echándole miraditas médicas a hurtadillas a ese artesano, entrando y saliendo en sus propios carruajes —¡ah!, igualmente a lo bestia, si no más. Bueno, pues eso también sería imponerse a Tellson. Porque a lo que le das al ganso, se lo tienes que dar a la gansa.
Y aquí está la señora Cruncher, o al menos lo era en los tiempos de la Vieja Inglaterra, y lo sería mañana, si se diera la ocasión, ¡cayendo de bruces contra el negocio a tal grado que es la ruina, la pura ruina!
En cambio, las mujeres de esos médicos no se tiran de bruces —¡que las pillen haciéndolo! O, si se tiran de bruces, sus tirones de bruces son en favor de más pacientes, y ¿cómo se puede tener legítimamente lo uno sin lo otro?
Luego, entre directores de funerarias, y entre sacristanes, y entre sotaneros, y entre serenos particulares (todos avariciosos y metidos en el ajo), a uno no le quedaría gran cosa, aun en el caso de que fuera así. Y lo poco que a uno le quedara, no le traería nunca prosperidad, señor Lorry. Nunca sacaría ningún provecho de ello; desearía todo el tiempo salir del