Dos veces más resonó en la oscuridad la campana de la gran puerta, y la irrupción se repitió, y la piedra de amolar giró y chisporroteó.
—¿Qué es eso? —gritó Lucía, asustada.
—¡Silencio! Las espadas de los soldados se afilan ahí —dijo el señor Lorry—. El lugar es propiedad nacional ahora, y se usa como una especie de armería, querida mía.
Dos veces más en total; pero el último período de trabajo fue débil e intermitente.
Poco después comenzó a amanecer, y él se soltó suavemente de la mano que lo aferraba, y con cautela volvió a mirar hacia afuera.
Un hombre, tan manchado que bien podría haber sido un soldado gravemente herido que volvía en sí en un campo de matanza, se levantaba del pavimento al lado de la piedra de afilar, y miraba a su alrededor con aire vacíante.
Al poco tiempo, este asesino agotado divisó en la luz imperfecta uno de los carruajes de Monseigneur, y, tambaleándose hacia aquel suntuoso vehículo, trepó por la puerta y se encerró para descansar en sus delicados cojines.
La gran piedra de afilar, la Tierra, había dado otra vuelta cuando el señor Lorry volvió a mirar afuera, y el sol teñía de rojo el patio. Pero la pequeña piedra de afilar se encontraba sola allí, en el aire tranquilo de la mañana, con un rojo que el sol nunca le había dado y que jamás le quitaría.