Charles Darnay sintió que era inútil seguir suplicándole, y además su orgullo se vio herido. Mientras caminaban en silencio, no pudo dejar de notar cuán acostumbrada estaba la gente al espectáculo de los prisioneros que desfilaban por las calles. Los propios niños apenas le prestaban atención. Algunos transeúntes volvían la cabeza y unos pocos le amenazaban con el dedo por aristócrata; por lo demás, que un hombre bien vestido fuera camino de la prisión no tenía nada de más extraordinario que un obrero con ropa de trabajo dirigiéndose a su labor.
En una calle angosta, oscura y sucia por la que pasaron, un orador exaltado, subido a un taburete, le hablaba a un auditorio entusiasmado sobre los crímenes contra el pueblo cometidos por el rey y la familia real. Las pocas palabras que captó de los labios de aquel hombre le revelaron por primera vez a Charles Darnay que el rey estaba en prisión y que los embajadores extranjeros se habían marchado todos de París, sin excepción. En el camino (salvo en Beauvais) no se había enterado de absolutamente nada. La escolta y la vigilancia universal lo habían aislado por completo.
Que había caído en peligros mucho mayores que los que se habían manifestado cuando salió de Inglaterra, por supuesto que lo sabía ahora. Que los peligros se habían amontonado a su alrededor con rapidez, y que podían seguir amontonándose aún más y más deprisa, por supuesto que lo sabía ahora. No podía dejar de admitir ante sí mismo que tal vez no hubiera hecho este viaje si hubiera podido prever los acontecimientos de unos pocos días. Y, sin embargo, sus dudas no eran tan oscuras como, imaginadas a la luz de este tiempo posterior, habrían parecido. Por turbio que fuera el futuro, era el futuro desconocido, y en su oscuridad había una esperanza ignorante. La horrible matanza, de días y noches de duración, que en el espacio de pocas vueltas de reloj iba a