«Estaba muy ocupado aquel día, y no pude terminar mi carta por la noche. Me levanté mucho antes de mi hora habitual a la mañana siguiente para terminarla. Era el último día del año. La carta estaba ante mí recién terminada, cuando me avisaron de que una señora esperaba, y deseaba verme.
“Voy siendo cada vez más incapaz de cumplir la tarea que me he impuesto. Hace tanto frío, está tan oscuro, tengo los sentidos tan entumecidos y la melancolía que me abruma es tan terrible.
“La dama era joven, encantadora y hermosa, pero no destinada a una larga vida. Se encontraba en un estado de gran agitación. Se me presentó como la esposa del marqués de St. Evrémonde. Relacioné el título con el que el muchacho se había dirigido al hermano mayor con la letra inicial bordada en el pañuelo, y no tuve dificultad en llegar a la conclusión de que había visto a ese noble muy recientemente.
“Mi memoria sigue siendo exacta, pero no puedo poner por escrito las palabras de nuestra conversación. Sospecho que se me vigila con más rigor que antes, y no sé en qué momentos podré ser vigilado.
Ella había sospechado en parte, y descubierto en parte, los hechos principales de la cruel historia, la participación de su esposo en ella y el hecho de que se hubiera acudido a mí. No sabía que la chica había muerto.
Su esperanza había sido, según dijo con gran angustia, mostrarle, en secreto, la compasión propia de una mujer. Su esperanza había sido apartar la ira del Cielo de una Casa que había sido durante mucho tiempo odiosa para la multitud sufriente.