La Casa se acercó al señor Lorry y, poniendo una carta manchada y sin abrir ante él, le preguntó si ya había descubierto algún rastro de la persona a quien iba dirigida. La Casa dejó la carta tan cerca de Darnay que este vio la dirección, con tanta mayor rapidez cuanto que era su propio nombre verdadero. La dirección, traducida al inglés, decía así:
“Muy urgente. Para el ciudadano que fue el Marqués St. Evrémonde, de Francia. Confiado al cuidado de los señores Tellson y Cía., Banqueros, Londres, Inglaterra”.
En la mañana de la boda, el doctor Manette le había hecho a Charles Darnay como única, urgente y expresa petición que el secreto de ese nombre fuera —a menos que él, el doctor, disolviera la obligación— guardado inviolablemente entre ambos. Nadie más sabía que ese era su nombre; su propia esposa no tenía sospecha del hecho; el señor Lorry no podía tenerla.
—No —dijo el Sr. Lorry, en respuesta a la Casa—; lo he consultado, creo, con todos los que aquí se encuentran, y nadie sabe dónde se puede encontrar a este caballero.
Las manecillas del reloj rozaban la hora del cierre del Banco, y hubo un movimiento general de la corriente de tertulianos que pasaba ante el pupitre del señor Lorry.
Éste tendió la carta con aire interrogativo; y Monseñor la miró, en la persona de aquel refugiado conspirador e indignado; y Monseñor la miró en la persona del otro refugiado conspirador e indignado; y Este, Aquel y el de Más Allá, todos tenían algo despectivo que decir, en francés o en inglés, acerca del Marqués que no aparecía por ninguna parte.
—Sobrino, creo —pero en cualquier caso indigno sucesor— del refinado marqués que fue asesinado —dijo uno—. Afortunadamente, nunca lo conocí.