Mas, en verdad, por aquel entonces, la pena de muerte era un recurso muy en boga en todos los oficios y profesiones, y no en menor medida en el de Tellson. La muerte es el remedio de la Naturaleza para todas las cosas, ¿y por qué no iba a serlo el de la Legislación?
En consecuencia, el falsificador era condenado a Muerte; el emisor de un billete falso era condenado a Muerte; el abridor ilegal de una carta era condenado a Muerte; el suractor de cuarenta chelines y seis peniques era condenado a Muerte; el cuidador de un caballo a la puerta de Tellson que huyó con él era condenado a Muerte; el acuñador de un chelín falso era condenado a Muerte; los ejecutores de tres cuartas partes de las notas de toda la gama del Crimen eran condenados a Muerte.
No es que sirviera de la más mínima utilidad a modo de prevención —casi habría merecido la pena señalar que el hecho era exactamente el opuesto—, sino que eliminaba (en lo que a este mundo respecta) la molestia de cada caso particular y no dejaba nada más relacionado con él de qué ocuparse.
Así, el banco de Tellson, en su día, al igual que otros mayores centros de negocios contemporáneos, se había cobrado tantas vidas que, si las cabezas abatidas ante él hubiesen sido alineadas en Temple Bar en lugar de ser discretamente eliminadas, probablemente habrían bloqueado la escasa luz de la planta baja de un modo bastante significativo.
Acorralados en toda clase de armarios oscuros y alacenas en Tellson, los hombres más ancianos llevaban el negocio con gravedad. Cuando incorporaban a un joven a la sede londinense de Tellson, lo escondían en alguna parte hasta que fuera viejo. Lo mantenían en un lugar oscuro, como a un queso, hasta que adquiría el auténtico aroma de Tellson y el moho azul característico. Solo entonces se le permitía dejarse ver, estudiando de manera ostentosa grandes libros y volcando el peso de sus calzones y polainas en la