mismo) ideó la ocurrencia de acusar a los transeúntes ocasionales de ser espías del Old Bailey y ensañarse con ellos. Para materializar esta ocurrencia, se persiguió a varias decenas de personas inofensivas que en su vida se habían acercado al Old Bailey, las cuales fueron empujadas bruscamente y maltratadas. La transición hacia el pasatiempo de romper cristales, y de ahí al saqueo de tabernas, resultó fácil y natural. Por fin, al cabo de varias horas, cuando ya se habían derribado varios cenadores y arrancado algunas barandillas de sótanos para armar a los espíritus más beligerantes, corrió el rumor de que venía la Guardia. Ante este rumor, la multitud se fue desvaneciendo poco a poco; y tal vez la Guardia vino, y tal vez no vino nunca, y este era el curso habitual de una turba.
Mr. Cruncher no asistió a las pruebas de clausura, sino que se había quedado atrás en el cementerio para parlamentar y condolerse con los enterradores.
El lugar ejercía sobre él una influencia calmante. Consiguió una pipa en una taberna vecina y se puso a fumarla, mirando a través de las rejas y considerando el lugar con madurez.
—Jerry —dijo el señor Cruncher, apostrofándose a su manera habitual—, tú viste a ese tal Cly aquel día, y viste con tus propios ojos que era un muchacho joven y de bien hecha planta.
Habiéndose fumado la pipa y rumiado un poco más, dio media vuelta para presentarse, antes de la hora de cierre, en su puesto de Tellson. Si sus meditaciones sobre la mortalidad le habían afectado el hígado, o si su salud general había estado un poco tocada de antes, o si deseaba prestarle un poco de atención a un hombre eminente, viene menos al caso que el