“Si oyes en mi voz —no sé si sea así, pero espero que lo sea—, si oyes en mi voz cualquier parecido con una voz que un día fue música dulce en tus oídos, ¡llora por ella, llora por ella! Si al tocar mi cabello encuentras algo que recuerda a una cabeza amada que reposó sobre tu pecho cuando eras joven y libre, ¡llora por ello, llora por ello! Si, al sugerirte un Hogar que nos aguarda, donde te seré fiel con todo mi deber y con todo mi devoto servicio, te devuelvo el recuerdo de un Hogar desolado por mucho tiempo, mientras tu pobre corazón languidecía, ¡llora por él, llora por él!”
Lo estrechó más contra su cuello y lo meció en su pecho como a un niño.
—Si, cuando te diga, amadísima mía, que tu sufrimiento ha terminado, y que he venido a sacarte de él, y que nos vamos a Inglaterra a estar en paz y en reposo, hago que pienses en tu útil vida destrozada, y en nuestra patria, Francia, tan cruel contigo, ¡llora por ello, llora por ello!
Y si, cuando te hable de mi nombre, y de mi padre que vive, y de mi madre que ha muerto, te enteras de que tengo que arrodillarme ante mi honrado padre e implorar su perdón por no haberme esforzado nunca por su causa todo el día, ni haber permanecido desvelada y llorando toda la noche, porque el amor de mi pobre madre ocultó suplicio de mí, ¡llora por ello, llora por ello! ¡Llora por ella, entonces, y por mí!
¡Buenos caballeros, gracias a Dios! Siento sus lágrimas sagradas en mi rostro, y sus sollozos golpean contra mi corazón. ¡Oh, mirad! ¡Dad gracias a Dios por nosotros, dad gracias a Dios!
Se había desmayado en sus brazos, y su rostro cayó sobre el pecho de ella: un espectáculo tan conmovedor, pero a la vez tan terrible por la inmensa injusticia y el sufrimiento que lo habían precedido, que los dos testigos se cubrieron el rostro.
Cuando el silencio de la buhardilla llevaba mucho tiempo sin ser perturbado, y su pecho agitado y su cuerpo sacudido habían cedido al fin