ha cruzado por mi mente a menudo. Uno no puede evitar pensar, habiendo sentido cierta compasión por la gente miserable y habiendo renunciado a algo en favor de ellos —aquí habló en su anterior tono pensativo—, que a uno podrían escucharle y que podría tener el poder de persuadir hacia cierta moderación. Justo anoche, después de que usted nos dejara, cuando hablaba con Lucie—”
—Cuando le hablabas a Lucie —repitió el señor Lorry—. Sí. ¡Me extraña que no te dé vergüenza mencionar el nombre de Lucie! ¡Y desear ir a Francia a estas alturas del día!
—Sin embargo, yo no voy —dijo Charles Darnay con una sonrisa—. Es más oportuno que digas que tú vas.
“Y lo soy, en pura realidad. La verdad es, querido Carlos —el señor Lorry miró de soslayo hacia la lejana Casa y bajó la voz—, que no te haces idea de la dificultad con que se transaccionan nuestros negocios, y del peligro en que se hallan nuestros libros y papeles allende los mares.
¡Sabe Dios cuáles serían las consecuencias comprometedoras para infinidad de personas si algunos de nuestros documentos fueran incautados o destruidos; y podrían serlo en cualquier momento, ya sabes, pues ¿quién puede afirmar que París no esté ardiendo hoy, o sea saqueada mañana!
Ahora bien, una selección juiciosa de estos con la menor demora posible, y su posterior entierro, o ponerlos a buen recaudo de cualquier otro modo, está al alcance (sin pérdida de precioso tiempo) de casi nadie salvo de mí, si es que hay alguien. Y ¿voy a acobardarme, cuando Tellson’s lo sabe y lo dice —Tellson’s, cuyo pan he comido durante estos sesenta años—, porque me duelan un poco las coyunturas? ¡Vaya, soy un muchacho, señor, comparado con media docena de viejos chochos que hay por aquí!”
“Cómo admiro la galantería de su espíritu juvenil, señor Lorry.”