Las dos clases opuestas de orgullo enfrentándose la una a la otra, puedo verlas, incluso en esta Bastilla; la del caballero, toda indiferencia negligente; la del campesino, todo sentimiento pisoteado y venganza
“ —Usted sabe, doctor, que entre los derechos de estos nobles está el de enganchar a los perros plebeyos como nosotros a los carros y hacernos tirar de ellos. A él lo engancharon y lo hicieron tirar. Usted sabe que entre sus derechos está el de retenernos en sus tierras toda la noche, acallando a las ranas, para que su noble sueño no sea perturbado. A él lo tuvieron afuera en las neblinas insalubres toda la noche y le ordenaron volver a su arnés por el día. Pero él no se convenció. ¡No! Sacado del arnés un día al mediodía, para alimentarse —si es que encontraba alimento—, sollozó doce veces, una por cada campanada, y murió sobre el pecho de ella.
“Nada humano podría haber retenido la vida en el muchacho de no ser por su determinación de contarlo todo sobre su culpa. Rechazó las sombras invasoras de la muerte, como obligó a su mano derecha cerrada a seguir cerrada, y a cubrir su herida.
“—Luego, con el permiso de ese hombre y aun con su ayuda, su hermano se la llevó; a pesar de lo que sé que debió de haberle dicho a su hermano —y qué sea eso, no tardará usted en saberlo, doctor, si es que no lo sabe ya—, su hermano se la llevó —para su placer y diversión, por un breve tiempo. La vi pasar por el camino. Cuando llevé la noticia a casa, el corazón de nuestro padre estalló; no pronunció ni una sola de las palabras que lo abrumaban. Me llevé a mi hermana menor (pues tengo otra) a un lugar fuera del alcance de este hombre y donde, al menos, jamás será su vasalla. Luego, seguí la pista al hermano hasta aquí, y anoche me colé —como un perro ruin, pero con la espada en la mano—. ¿Dónde está la ventana del desván? ¿Estaba por aquí cerca?”.