—Puede ser, señor Darnay; puede que no. No deje que su semblante serio le enorgullezca, sin embargo; no sabe en qué puede terminar esto. ¡Buenas noches!
Cuando se vio solo, este extraño ser tomó una vela, se acercó a un espejo que pendía de la pared y se examinó minuciosamente en él.
—¿Te cae tan particularmente bien el hombre? —murmuró, dirigiéndose a su propia imagen—; ¿por qué te ha de caer particularmente bien un hombre que se te parece? No hay nada en ti que pueda gustar; ya lo sabes. ¡Ah, maldita sea! ¡Qué cambio has hecho en ti mismo! ¡Un buen motivo para encariñarse con un hombre, el que te muestre en lo que te has venido abajo y lo que podrías haber sido! ¿Cambiarías de puesto con él, y te habrían mirado aquellos ojos azules como a él, y te habría compadecido ese rostro agitado como a él? ¡Vamos, dilo de una vez sin rodeos! Odias al tipo.
Recurrió a su pinta de vino en busca de consuelo, se la bebió toda en pocos minutos y se durmió apoyado en los brazos, con el pelo desparramado sobre la mesa y un largo sudario en la vela que caía goteando sobre él.