este maldito río Támpesis tiene de un pilote, y de igual manera hay que metértelo a golpes en la
El altercado se desarrolló en tono bajo y terminó cuando el honrado artesano se quitó de un puntapié las botas manchadas de arcilla y se tendió a todo lo largo en el suelo.
Tras echar una tímida ojeada a su padre, que yacía boca arriba con las manos enrojecidas bajo la cabeza a modo de almohada, su hijo se acostó también y volvió a dormirse.
No hubo pescado para el desayuno, y tampoco casi nada de lo demás. El señor Cruncher estaba desanimado y de mal humor, y tenía cerca una tapadera de hierro para proyectarla y corregir a la señora Cruncher, en caso de que observara en ella algún síntoma de dar gracias. Se afeitó, se aseó a la hora de costumbre y partió con su hijo para dedicarse a su ocupación aparente.