Pocos coches circulaban por las calles, pues los pasajeros de los carruajes corrían el riesgo de ser sospechosos, y la hidalguía ocultaba su cabeza con gorritos rojos, se calzaba zapatos pesados y marchaba a pie.
Pero los teatros estaban todos bien llenos, y la gente salía alegremente al paso de él mientras charlaba camino a casa.
A la salida de uno de los teatros, había una niña con su madre, que buscaba la manera de cruzar la calle a través del lodo. Él cruzó a la niña en brazos y, antes de que el tímido brazo se desprendiera de su cuello, le pidió un beso.
“Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás.”
Ahora, que las calles estaban tranquilas y la noche avanzaba, las palabras estaban en los ecos de sus pasos y estaban en el aire. Perfectamente calmadas y firmes, a veces se las repetía a sí mismo mientras caminaba; pero las oía siempre.
La noche se consumía, y, mientras él permanecía en el puente escuchando el agua al salpicar los muros fluviales de la Isla de París, donde la pintoresca confusión de casas y catedral brillaba a la luz de la luna, el día llegó fríamente, pareciendo un rostro muerto que surgiera del cielo.
Entonces la noche, con la luna y las estrellas, se puso pálida y murió, y por un breve instante pareció como si la Creación estuviera entregada al dominio de la Muerte.
Pero el glorioso sol, al levantarse, parecía clavar aquellas palabras, aquella carga de la noche, directa y cálidamente en su corazón con sus largos y brillantes rayos.