—¡Cortadle la cabeza! —gritó el público—. ¡Un enemigo de la República!
El Presidente hizo sonar su campanilla para acallar aquellos gritos, y preguntó al reo si no era verdad que había vivido muchos años en Inglaterra.
Sin duda lo era.
¿No era un emigrante entonces? ¿Cómo se hacía llamar?
No era un emigrante, esperaba, dentro del sentido y espíritu de la ley.
—¿Por qué no? —deseaba saber el Presidente.
Porque había renunciado voluntariamente a un título que le desagradaba y a una posición que le desagradaba, y había abandonado su país —adelantándose al uso que el Tribunal daría entonces a la palabra emigrante— para vivir de su propio trabajo en Inglaterra, antes que del trabajo del abrumado pueblo de Francia.
¿Qué pruebas tenía de esto?
Entregó los nombres de dos testigos: Théophile Gabelle y Alexandre Manette.
—¿Pero se había casado en Inglaterra? —le recordó el Presidente.
Cierto, pero no una mujer inglesa.
¿Una ciudadana de Francia?
Sí. De nacimiento.
¿Su nombre y su familia?